Juventud… ese perdido tesoro

Ayer nos tomamos un remis. Porque la vejez es así, visteh. De repente te das cuenta que a las 2 de la mañana, con frío, ni da irse a tomar un bondi. O sea, ni da cagarse de frio a las 2 de la mañana con un poco de alcohol encima. Porque bueno, ya sabemos que el alcohol nos hace entrar en calor, pero a esta edad ni todo el alcohol del mundo le gana a un remis con calefacción.

En el remis, empezamos a acordarnos de lo que era tener veinti tantos.

Yo: La otra vez fui a la casa de una amiga que vive enfrente de City Hall, podes creer que las pendejas andaban con mini shorts y un corpiño con 2 grados de sensación térmica?

Y si… después de decirlo en voz alta pensé que si era posible… porque yo también lo hice. Yo también me ponía una minifalda, tacos de aproximadamente doce centímetros y un pedazo de tela que apenas cubría la parte de arriba. Y no importaba cuantos grados hacía. No importaba si estaba lloviendo, nevando o lo que fuera. Íbamos a las 5 de la tarde a hacer la cola para entrar al boliche.  Y olvidate de llevar abrigo, porque eso significaba pagar guardarropas, y no nos podíamos dar el lujo de gastar en esas boludeses.

Pasados los veintitantos me di cuenta que prefiero un Cuba Libre en la comodidad de mi casa o la casa de algún otro ser humano que hacer una cola para entrar a un boliche, hacer una cola para dejar la ropa, hacer otra cola para pedir un trago y cagarme a codazos (literalmente) para pasar de un lugar a otro.

Pasados los veintitantos comencé a preferir las pantuflas con corderito antes que unos stilettos de 15 centímetros. Prefiero un buen jean antes que una minifalda con la que no puedo caminar. Prefiero una remera que me permita respirar.

No voy a mentir, fueron días de gozo y plenitud (?), pero supongo que con la edad uno empieza a elegir en que lugares se siente más cómodo. Si, a veces voy a fiestas góticas, pero no son lugares multitudinarios y me voy preparando mentalmente durante un tiempo (voy a salir, tengo que salir, voy a salir, tengo que salir).

Llegar a tu casa a los veinte era sinónimo de siete de la mañana, la pizza bajonera de anoche con un buen mate o café. Irte a dormir, levantarte a la una para almorzar con la familia y volver a dormir una siesta de catorce horas.

Hoy, con veintitantos, llegar a casa es así:

“Por dios, qué hora es? DOS DE LA MAÑANA?!?!?!? Como corno llego a casa? Me alcanza para un taxi? Si me tomo un bondi me cago de frió! Encima no me traje un libro para leer en el colectivo y tengo la batería en 20%, no me va a durar para todo el viaje y escuchar música! Como me tomaría un café! Mi mundo por un auto… Hasta que no tenga auto no puedo salir más. La perra esta sola… pobrecita… y seguro que llego a cualquier hora… que frío que hace!”

El reloj biológico es algo que a los veintitantos se te pone en contra… te acostas a las diez de la noche, te levantas a las siete de la mañana, te acostas a las doce de la noche, te levantas a las siete de la mañana, te acostas a las cuatro de la mañana y mágicamente te levantas a las siete de la mañana… convirtiéndote así en un zombi.

A los veintitantos no te das el lujo de tomar cualquier cosa. Una birra, pero por favor, nada de Quilmes que te hincha, el alcohol marca Día que comprabas a los dieciocho hoy es veneno puro. ¿Qué es eso de tomar birra en la esquina? Hoy necesito una silla y una mesa, porque si no, me duele la espalda. La previa empieza a las 5 de la tarde con un té con amigas y termina tipo ocho de la noche.

– Salimos hoy?

– Si… en los clasificados. Besos, me voy a ver Netflix o Popcorn Time en la cama.

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